22 de octubre de 2017

Remember

En el corral de casa hay un limonero, un laurel y un peral. Hay un tablar sembrado de berenjenas (de Almagro) y tomates. Lo cuida mi padre y lo riega con agua, impulsada por un motor eléctrico, procedente de un pozo que se encuentra en el patio de atrás, en donde también hay una parra de uvas de mesa, muchas macetas con flores y dos bicicletas. Hay un segundo patio interior, ahora techado, en donde confluyen el pasillo y varias habitaciones de la casa. En el corral, también hay dos perras bóxer, madre e hija. Desde que hay perros, no hay gato que ose entrar en ese dominio canino. Unas cuantas gallinas y un gallo que se gana a pulso desear una sopa sustanciosa de caldo de gallino. La vida fluye renqueante, aliviada por la analgesia del metamizol, sin prisa, como crecen las berenjenas y cuajan los limones.



Pero no siempre hubo perros, ni un pequeño huerto. Ni tan siquiera el limonero, superviviente de heladas que dejaron tiesos a un par de cerezos. Hubo un tiempo en el que, en el corral, había un gallinero sin alambrada, y los niños sabíamos dónde estaban los nidales, y, de vez en cuando, nos mandaban recoger los huevos. Había una gata, redonda y enorme para ser un gato, de negro pelaje aterciopelado, que se llamaba Morita, y cazaba los ratones en los atrojes como una leona. Mi padre la apreciaba más que a un perro de careo. Recuerdo a esa gata con sus crías en la boca, cogidas del lomo, portándolas pacientemente, una tras otra, en busca de nuevos escondrijos cada vez más inaccesibles entre la montonera de la leña, para mantenerlas lejos de nosotros. El corral estaba lleno de ganado. En primavera, veía nacer a los cabritillos. Casi metía mi cabeza en el culo de la cabra, para desesperación de mi padre que estaba allí para ayudar por si la cría venía mal colocada. Siempre supe que los niños no venían de París, ni los traía la cigüeña; no había más que observar a los animales y deducir. Había una cuadra con un par de cerdos, y matanza por santa Lucía. Había una mobylette en el patio de atrás, con la que mi padre iba a trabajar. Las macetas ya estaban allí, con sus flores. Y una pequeña parra que retorcía su todavía endeble tronco en su ascenso hacia el cielo. El pozo tenía una polea manual y una cuerda atada a un cubo. Un tubo largo comunicaba el pozo con un pilar, en donde los animales saciaban su sed. El patio interior estaba al descubierto. En un extremo, había una escalera que conducía a una azotea, en donde mi madre tendía la ropa cuando hacía buen tiempo y desde donde se veía la sierra, tan cercana y tan inmutable como un enorme dragón dormido. Cuando llovía torrencialmente, ese patio se inundaba y el agua entraba hacia las habitaciones. Fueron muchas las veces en que la lluvia, infatigable y feroz, alteró la paz de la noche.

Los pobladores de aquellos mundos y lo que acontecía en ellos eran el pálpito de la vida, cíclica, en apariencia inagotable y eterna. Incluso los ojos de la niñez, que contemplaban todo aquello, nunca imaginaron que dejarían de ser eso: los ojos de una niña. 

Cuando retorno a ese escenario, la mirada adulta rememora aquel edén en el que todos tomábamos parte en la vida de todo: los animales, las flores, el pozo, la parra, la lluvia, la azotea, los niños, los adultos y su afán... Miro el verdor y la generosidad del limonero, el peral ha dado seis peras por primera vez, las bóxer se acercan en busca de una caricia en la cabeza, observo las flores lilas de las berenjenas, escucho al gallo y su estridente cacareo. Alzo la vista hacia el porche y las cuadras, y cruza, sigilosa con alguno de sus cachorros en la boca, Morita. Se detiene, me mira y después se pierde entre el montón de la leña inexistente.


13 de octubre de 2017

¿Qué lees?

Alguna vez, alguien nos pregunta qué leemos. Y tengo que decir que, casi siempre, según qué libros, me da pudor responder, porque hay lecturas que no se leen para nada (en realidad, nunca me planteo qué leo, como no me planteo por qué camino o para qué como). No hay ningún fin en la lectura salvo el de ser un instrumento más de vida. Ni para entretenerse, ni en busca de respuestas, ni de preguntas, ni para tomar conciencia, ni para aprender, ni tan siquiera para llenarse de palabras hoja tras hoja mientras se vacía la cabeza, cosa esta última que sí sucede con la música; la música llena los espacios de notas mientras la cabeza se vacía de su peso y descansa.

A veces sucede el gran milagro, y es que leo lo que hace tanto escribieron otros, y estoy ahí. Todos estamos ahí... Así que, para no asustar a quien me pregunta eso de qué leo con la respuesta de :"Posiblemente, a ti", prefiero decir que ni me acuerdo del título.


"Si me lo hubiesen preguntado, hubiese respondido que me veía como una especie de nadador de agua dulce, a menudo triste, a veces cansado, y que, a medida que iba haciendo largos, se parecía cada vez más a un ahogado".

24 de septiembre de 2017

El mar vacío



Se dice que el primer amor nunca se olvida.
Nunca estuve de acuerdo con esa absurda afirmación.
La experiencia, la vida,
los años, el olvido,
la esperanza, la nostalgia, 
el dolor y el perdón 
me dicen que la memoria es ese mar
por cuyo horizonte siempre se aleja el mismo barco:
aquel a quien tanto amamos y nunca nos amó.


4 de junio de 2017

Ser quien soy

Así define la RAE esta palabra:
Transexual: Que adquiere las características físicas del sexo contrario mediante tratamiento hormonal o quirúrgico.
Y empezamos mal (seguimos mal) si en esa definición aparecen errores, o cuando menos, se trata de una definición incompleta que solo aborda el concepto desde una de las particularidades del transexual, y es la de optar por la transformación física que le haga sentirse en coherencia con lo que es, es decir, adecuar su sexo morfológico a su sexo mental. No es adquirir las características del sexo contrario, sino de su propio sexo, del que ellos y ellas sienten y no tienen ni morfológica ni hormonalmente. Para ello hay que ampliar el concepto "sexo" a lo meramente físico, y habría que usar el concepto de sexo biológico, mucho más complejo pero necesario para entender la diversidad. Diversidad que siempre ha existido pero se ha mantenido oculta y estigmatizada como oprobio social. Existe una estructura cerebral diferencial entre mujeres y hombres. Existe una estructura morfológica, genital, hormonal y gonadal que diferencia a mujeres y hombres. Es la estructura cerebral, junto con la morfológica y hormonal, la que define al individuo, por tanto, esos, cuya identificación mental no se corresponde con la física, emprenden, desde el momento en el que se es consciente de ello, una lucha interna y social por manifestar y querer ser lo que sienten que son.

Un transexual no es un travesti. Tampoco es lesbiana ni homosexual porque, en su apariencia de hombre o de mujer, les guste un hombre o una mujer respectivamente. Tampoco es un tercer sexo, el transexual es un hombre o una mujer con un cuerpo morfológica y hormonalmente opuesto. No es un colectivo, y me detengo aquí, en esta palabra que tanto gusta a los políticos para hacer de ellos su puñado de votos. La aceptación social del transexual, del homosexual, de las lesbianas... pasa por no segregarlos a un colectivo diferencial. Son hombres y mujeres. Punto. Y me viene a la mente (no sé si literalmente, pero algo así era) esa escena de "Adivina quién viene a cenar esta noche", en la que Sidney Poitier le dice a Roy Gleen (su padre, en la película): "Tú me miras y ves a un hombre negro. Yo te miro y solo veo a un hombre". Tal vez el día en el que de nuestra mente y de nuestro vocabulario desaparezcan tales palabras con la connotación negativa, tal vez, cuando comprendamos que no es el ser humano el que tiene que ajustarse a una realidad impuesta por cuestiones de prejuicio, moral u odios irracionales, sino que ha de ser la realidad social la que se ajuste, con sus leyes y normas de convivencia, con un esfuerzo por la aceptación y la tolerancia, a los hombres y mujeres que la componen con sus diferentes maneras de ser y de pensar... Tal vez entonces se vaya avanzando hacia esa armonía en donde todos encuentren su manera de expresarse y de realizarse, en donde a esa lucha diaria por vivir no haya que añadirle otras luchas por sobrevivir.

"Silvi, preciosa, vántate"

Silvia nació y le pusieron nombre de niño. Hoy es una mujer de dieciocho años. A su corta edad se ha enfrentado a mucho; primero, a ella misma; después a su familia; al tiempo de a todo eso, a la justicia social, más implacable que la justicia divina. Y supongo que, en toda esa lucha, ella ya ha experimentado pérdidas, dolorosas pérdidas. Pero también ha experimentado momentos maravillosos, esos que nos demuestran que no estamos solos, que nos reconcilian con la vida y con el ser humano. Y es que desde el esfuerzo y el intento de comprender, movidos por el afecto y el valor de lo esencial, no cuesta nada aceptar y llamar a las cosas por su nombre. Y nadie tiene culpa de que aquel niño no sea un niño, y la menos culpable en todo esto es Silvia que se encontró con ese pastel, el de llamarse como un niño y tener cuerpo de niño. Ahora ella está ajustando esa realidad. A la realidad aún le queda mucho por ajustarse a ella, aún son muchos los prejuicios, diría que los odios... En definitiva: el miedo. Pero ella (así lo hace público en su Instagram) da la gracias a todos aquellos que están a su lado, que no la dejan, que la acompañan en esta empinada cuesta. Y a una de las personas a las que agradece todo eso es a su abuela María, y lo dice así, con esta ternura:
Gracias, abuela, porque habiendo recibido una educación franquista, cuando vienes a vernos o vamos a verte y pasamos la noche juntas, adoro que me despiertes con un "Silvi, preciosa, vántate, que ya es tarde", aunque sean las nueve y media de la mañana".

Mi admiración también a la tía María, abuela de Silvi y tía mía, por esa capacidad de comprensión, de amor, y de tantas otras nuevas actitudes que han imperado en ella, como ese ejemplo de cambio palpable de la realidad que ha de ajustarse al ser humano, y no el ser humano quien se ajuste con calzador a la rigidez de una realidad que no ofrece respuesta a la diversidad y a la problemática que nos rodean. Y son esas actitudes, las de la tía María y el arrojo de valentía de una joven Silvia, las que hacen posible el triunfo de estas batallas, y hacen la vida así: más tolerante, más fácil, más amable... En definitiva, más humana.

7 de mayo de 2017

Madre

No es casualidad, ¿verdad, madre?, que parir un hijo sea el acto vital más extraordinario que sucede en nuestro cuerpo. Una nueva vida empuja inexorable desde dentro, y nos desgarra las entrañas. Un seísmo interior en el que se abren los huesos y la carne en el imparable descenso hacia el final del túnel, hacia ese punto de luz cada vez más intenso y más nítido en donde la suerte de vivir espera. Y ahí está esa nueva vida, desafiando al silencio con su llanto  inconsolable. A veces, me he preguntado si ese túnel y esa luz, de la que hablan quienes han estado tan cerca de la muerte, no es otra cosa que el anhelo de volver a las entrañas, el retorno a ese cálido claustro, el único paraíso que nuestra memoria reconoce.

La vida que irrumpe se acompaña de un torrente de sangre con el que pareces morir, escurrirte, abandonarte al descanso tras el cataclismo interior que ha dado a luz a ese cuerpo que nos crece dentro, al que ya solo nos une un estrecho cordón que aún palpita, como un último hálito de dependencia. Y entonces, un corte limpio e indoloro nos separa. Qué paradoja, madre… tú y yo sabemos que a ese nudo estaremos asidas de por vida. ¿Verdad, madre? Esa es la carne que más nos duele y que solo el amor calma. Esa es la que nos muere y nos vive. Me recuerdas, madre, a la madre de los versos, los de Miguel Hernández.


Al cabo de mis años, te miro desde el silencio, el tuyo y el mío, y eres un paisaje tan hermoso y desolado. Me sitúo en el ángulo resguardado de la luz de la ventana que iluminó mi infancia, entre cierta penumbra acogedora y necesaria, y la claridad de la mañana que peina mis cabellos y perfila con un halo tu cuerpo achicado. Y es en ese silencio tuyo en el me gusta conocerte, en ese aire que inspiras, con el que me cuelo en tus pulmones y vuelvo a sentir el cálido latido que retumba en las entrañas. En ese aire que espiras lento y sosegado, como un ahogado suspiro. Y yo sé que en esos silencios vas y vienes, como buena andarina que fuiste, a los arroyos de tu niñez y a los pies descalzos, a las fuentes de tu juventud y a los cántaros de agua, a los hijos por los que rezas… a tus luceros del alba. Y es así, madre, como me gusta mirarte, al abrigo de mi sombra y a la luz que te recorta.