1 de febrero de 2018

El momento oportuno

Se llama desencanto. Y el desencanto es una sensación espacial, algo así como vivir en un planeta inmenso y desierto. Es también una sensación interna, íntima y honda, es sentirse seco, falto de energía, como si una vida fraguada en el pasado, en  una idea, en un empeño, en un sentimiento, en una ilusión, hubiese absorbido por completo toda la vitalidad, hasta la soltura del cabello sobre la frente parece pesar. Todo pesa en el desencanto, como una piedra incrustada sobre los hombros.
Es también un aliento agónico, no un desaliento, no. El desencanto respira con dificultad, no encuentra aire que le ensanche los pulmones. 

El desencanto es como algo que se rompe y, al intentar arreglar el desastre, todo es una fisura irreparable. El desencanto es tristeza, la esperanza del que ya nada espera pero quiere dar, desea dar, necesita dar, que renazca la vida en sus entrañas. Es un aborto, es salir del hospital con el vientre y las manos vacías. El desencanto es un mal grave, pero no mortal. Es mucho peor la claudicación. El desencanto solo espera un giro, un momento oportuno. El momento oportuno.






7 de enero de 2018

Con los mejores deseos

Tras las fiestas, tras tantas felicitaciones descafeinadas con los mejores deseos.
Tras las ausencias, las de siempre y esas otras que hubiésemos querido que fuesen presencia y el silencio constata que no queda más que olvido.
Tras un par de kilos de más y un año de menos, pero sin olvidar aquello de Caballero Bonald: Somos el tiempo que nos queda... Decía, solo anoto un propósito, y es el de permanecer en ese lugar, que no es físico sino mental, al que llegué un día, un pacto ineludible con la vida y conmigo misma, el que me permite seguir, estar y ser: honradez y transparencia. Eso, aderezado con humor, que, como dijo un amigo muy querido hace poco en una conversación, es una especie de venganza... Sí, la más gratificante e inocua venganza. El humor y la risa... Mi amiga Charo sabe mucho de eso, a principios de 2017 le diagnosticaron un cáncer digestivo. Feo, qué feo pusieron aquello. Y lo que nos hemos reído, a pesar de los peores días tras las sesiones de quimioterapia, a pesar de la soledad interior que conlleva una grave enfermedad, a pesar del miedo...Charo no solo ríe con la cara, ríe con el cuerpo entero, ríe hasta que le estalla el alma. Así que cuando le deseé, en un despiste, un feliz 2008 y ella me corrigió entre risas, yo le respondí: Que no te falte nunca la risa, Charo, con mis mejores deseos.

Con mis mejores deseos: honradez, transparencia, humor y risa.




22 de octubre de 2017

Remember

En el corral de casa hay un limonero, un laurel y un peral. Hay un tablar sembrado de berenjenas (de Almagro) y tomates. Lo cuida mi padre y lo riega con agua, impulsada por un motor eléctrico, procedente de un pozo que se encuentra en el patio de atrás, en donde también hay una parra de uvas de mesa, muchas macetas con flores y dos bicicletas. Hay un segundo patio interior, ahora techado, en donde confluyen el pasillo y varias habitaciones de la casa. En el corral, también hay dos perras bóxer, madre e hija. Desde que hay perros, no hay gato que ose entrar en ese dominio canino. Unas cuantas gallinas y un gallo que se gana a pulso desear una sopa sustanciosa de caldo de gallino. La vida fluye renqueante, aliviada por la analgesia del metamizol, sin prisa, como crecen las berenjenas y cuajan los limones.



Pero no siempre hubo perros, ni un pequeño huerto. Ni tan siquiera el limonero, superviviente de heladas que dejaron tiesos a un par de cerezos. Hubo un tiempo en el que, en el corral, había un gallinero sin alambrada, y los niños sabíamos dónde estaban los nidales, y, de vez en cuando, nos mandaban recoger los huevos. Había una gata, redonda y enorme para ser un gato, de negro pelaje aterciopelado, que se llamaba Morita, y cazaba los ratones en los atrojes como una leona. Mi padre la apreciaba más que a un perro de careo. Recuerdo a esa gata con sus crías en la boca, cogidas del lomo, portándolas pacientemente, una tras otra, en busca de nuevos escondrijos cada vez más inaccesibles entre la montonera de la leña, para mantenerlas lejos de nosotros. El corral estaba lleno de ganado. En primavera, veía nacer a los cabritillos. Casi metía mi cabeza en el culo de la cabra, para desesperación de mi padre que estaba allí para ayudar por si la cría venía mal colocada. Siempre supe que los niños no venían de París, ni los traía la cigüeña; no había más que observar a los animales y deducir. Había una cuadra con un par de cerdos, y matanza por santa Lucía. Había una mobylette en el patio de atrás, con la que mi padre iba a trabajar. Las macetas ya estaban allí, con sus flores. Y una pequeña parra que retorcía su todavía endeble tronco en su ascenso hacia el cielo. El pozo tenía una polea manual y una cuerda atada a un cubo. Un tubo largo comunicaba el pozo con un pilar, en donde los animales saciaban su sed. El patio interior estaba al descubierto. En un extremo, había una escalera que conducía a una azotea, en donde mi madre tendía la ropa cuando hacía buen tiempo y desde donde se veía la sierra, tan cercana y tan inmutable como un enorme dragón dormido. Cuando llovía torrencialmente, ese patio se inundaba y el agua entraba hacia las habitaciones. Fueron muchas las veces en que la lluvia, infatigable y feroz, alteró la paz de la noche.

Los pobladores de aquellos mundos y lo que acontecía en ellos eran el pálpito de la vida, cíclica, en apariencia inagotable y eterna. Incluso los ojos de la niñez, que contemplaban todo aquello, nunca imaginaron que dejarían de ser eso: los ojos de una niña. 

Cuando retorno a ese escenario, la mirada adulta rememora aquel edén en el que todos tomábamos parte en la vida de todo: los animales, las flores, el pozo, la parra, la lluvia, la azotea, los niños, los adultos y su afán... Miro el verdor y la generosidad del limonero, el peral ha dado seis peras por primera vez, las bóxer se acercan en busca de una caricia en la cabeza, observo las flores lilas de las berenjenas, escucho al gallo y su estridente cacareo. Alzo la vista hacia el porche y las cuadras, y cruza, sigilosa con alguno de sus cachorros en la boca, Morita. Se detiene, me mira y después se pierde entre el montón de la leña inexistente.


13 de octubre de 2017

¿Qué lees?

Alguna vez, alguien nos pregunta qué leemos. Y tengo que decir que, casi siempre, según qué libros, me da pudor responder, porque hay lecturas que no se leen para nada (en realidad, nunca me planteo qué leo, como no me planteo por qué camino o para qué como). No hay ningún fin en la lectura salvo el de ser un instrumento más de vida. Ni para entretenerse, ni en busca de respuestas, ni de preguntas, ni para tomar conciencia, ni para aprender, ni tan siquiera para llenarse de palabras hoja tras hoja mientras se vacía la cabeza, cosa esta última que sí sucede con la música; la música llena los espacios de notas mientras la cabeza se vacía de su peso y descansa.

A veces sucede el gran milagro, y es que leo lo que hace tanto escribieron otros, y estoy ahí. Todos estamos ahí... Así que, para no asustar a quien me pregunta eso de qué leo con la respuesta de :"Posiblemente, a ti", prefiero decir que ni me acuerdo del título.


"Si me lo hubiesen preguntado, hubiese respondido que me veía como una especie de nadador de agua dulce, a menudo triste, a veces cansado, y que, a medida que iba haciendo largos, se parecía cada vez más a un ahogado".

24 de septiembre de 2017

El mar vacío



Se dice que el primer amor nunca se olvida.
Nunca estuve de acuerdo con esa absurda afirmación.
La experiencia, la vida,
los años, el olvido,
la esperanza, la nostalgia, 
el dolor y el perdón 
me dicen que la memoria es ese mar
por cuyo horizonte siempre se aleja el mismo barco:
aquel a quien tanto amamos y nunca nos amó.